Le cuento de los beneficios de haber decidido dejar de fumar; de los dos kilos en una semana; del necesitar comer cosas que me resulten ricas; del devorarme el chocolate cada noche en un sillón; de lo bien que me hace pilates; de las ganas de buscar más actividad física; que desde que tengo el sillón hago todo ahí; que miro tele solo por mirar; que los fines de semana ya no necesito dormir tanto; que ahora las pesadillas son diferentes y que cuando me despierto la realidad ya no pega mal.
Moni apura su cigarrillo ni bien le digo que estoy dejando de fumar. Remarca mis convicciones, traduce lo que escucha y sentencia: Podemos llamarlo "sillón", podemos llamarlo "pucho", podemos llamarlo con todas las palabras que quieras pero atrás hay otra cosa y es que estás cerrando el duelo.
Y seguramente escuchar esto para cualquier otra persona que no haya estado comprometida en algo similar le resulte intrascendente. Pero después de casi 6 años de estar yendo entre una y dos veces por semana a terapia, más la psiquiatra cuando fue necesario, para hablar y pulir, acomodar, cerrar, coser, acolchar un dolor y todo lo que lo rodea, que te digan que estás abandonando el duelo es raro.
Tan raro como decirle, luego de un largo rato en silencio, que ahora necesitaría duelar el duelo.