Cuando una se pasa casi dos meses duchándose con un agua caliente que solamente permanece durante diez segundos, las rutinas comienzan a aceitarse y la costumbre hace que más o menós podamos hacer un uso de esos diez segundos eficientemente.
Entonces prendemos la ducha al pie de la bañera. Ni bien se entibia el agua, ponemos debajo el cuerpo a toda velocidad e intentamos que moje algo del pelo. Cerramos la llave, volvemos a abrir y nos corremos para que el agua fría nos toque lo menos posible el cuerpo, hasta que se vuelve a entibiar y entonces le entramos con el hombro para lograr que ahora nos moje el cuerpo desde la espalda y llegue algo hasta las piernas. En el mismo momento, con la mano, vamos mojando la esponja para que también se humedezca. Cerramos la llave, esparcimos la esponja sobre el jabon (tomarlo y esparcirlo sobre la esponja nos resta segundos) y empezamos a pasar por el cuerpo intentando hacer espuma. Volvemos a abrirla y ahora nos metemos de lleno para que saque la mayor parte de jabon posible (al que ayudamos frenéticamente con los dedos). Volvemos a cerrar, limpiamos las partes más audáces, volvemos a abrir y aprovechámos al máximo el agua o tratamos de mantenernos debajo hasta los indicios de la hipotermia. A veces se requiere repetir está acción unas dos veces más.
De esta forma la rutina del baño que implicaría dejar que la lluvia nos caiga y en un continuo ir llevando adelante los pasos de higiene, se transforma en un conjunto de acciones perfectamente cronometradas y cortadas, que se siguen una a la otra y que en su final componen un baño.
Algo así como pasar de la tecnología analógica a la digital, donde el agua caliente determina la combinación de los unos y los ceros.