El día me generó una necesidad imperiosa de salir a andar en rollers, así que después de muchos meses volví a esas escalinatas frente al yatch club de Puerto Madero, me calcé los rollers y salí a rollear.
Dí 3 vueltas porque había mucha gente que esquivar y la seguridad la había dejado un poco en el camino. En la tercera vuelta y media me senté en una de las sillitas de los café del dique 4 y me pedí un cortado con tarta de ricota. Mientras me quitaba los patines pensaba que debía ensayar una forma de sentarme con ellos más armónica, en la que el peso lo controle yo y no la silla que me ataja.
Después de una hora, volví a mi casa; y aunque limpié el auto y seguí frenéticamente por el piso del departamento (quien mañana recibirá a mi esperado sofá) no pude evadirme del sindrome domingo por la tarde, ese que viene acompañado de la plancha de ropa, la organización de la cartera, el qué mierda me cocino y ahora un nuevo sintoma: el dolor de panza terrible que me agarra cuando estoy cerca de volver a trabajar.
Como en las viejas épocas. Como si la terapia, las drogas y la edad no hubieran pasado.