La japonesa de la tintorería inspecciona con detalle el vestido. Busca que no tenga imperfecciones, que no le falten lentejuelas y que no esté enganchado. Me pregunta si lo manché. Le digo que no. Entonces indafa por qué lo quiero dejar. Le explico que es prestado y que lo quiero devolver limpio. Lo huele para ver si se siente sucio, "Te digo por vos, para que no gastes". Le contesto que me lo prestaron, mientras pienso que alguna vez en mi vida tengo que devolverle un vestido limpio. Me siento como Cameron Díaz en la escena de la tintorería en La cosa más dulce.
Acepta tomarme el trabajo junto al mongomery y mientras escribe la orden (cuya copia le queda a ella) me dice varias veces "no la pierdas". Me pregunto cuán importante puede ser la orden si ella tiene copia. Contesto a todas sus advertencias con un "no, no la pierdo".
Cuatro horas más tarde, en mi casa salto del sillon como si me hubieran pinchado, corro a la cocina y me sumerjo desesperadamente en el tacho de la basura: corro papeles, carton de leche, y saquitos de té hasta encontrarlos.
Con precisión y paciencia japonesa encastro y pego una a una las piezas que me devuelven mi orden de trabajo.