sábado, 28 de mayo de 2011

Memorias de un viaje sin sentido/2

El aeropuerto de Lima es bastante grande y moderno pero tiene un olor a pezcado penetrante. Después de recorrer algunos de los negocios que están adentro y lamentar que mi hermana no pudiera conocerlo por su miedo al avión, me senté cerca de las ventanas a esperas las dos horas hasta el embarque. Leí algunas páginas de El vagon de las mujeres y después de un rato me puse a ver por la ventana la forma en que se opera en pista frente a la llegada de un avión. Había diferentes escuadrillas donde se notaba que cada uno tenía una función puntual. El avión estacionada era justamente el que debía abordar. Mientras cargaban nafta (donde me enteré que están en las alas), funcionaba el equipo de catering que ingresa en containers cerrados la comida. Al mismo tiempo 4 técnicos o ingenieros revisaban insistentemente una de las turbinas. El equipo de limpieza estaba preparado para subir y cada integrante que subía al avión era palpado por su supervisor. Eso se repetía en cada grupo: nadie subía al avión sin ser palpado. No sé si serán normas de seguridad internacionales pero es la primera vez que lo veo. Después llegó el camioncito con las valijas (en donde ví que estaba la mía). Cada valija es registrada en una planilla a los pies del avión: leen, anotan, cuentan y vuelven a contar. Una vez terminado eso empiezan a subirlas por una cinta transportadora, una a una. Dentro de la bodega, alguien las va acomdodando.
Seguí celosamente mi valija hasta que ví que ya estaba dentro.

viernes, 27 de mayo de 2011

Memorias de un viaje sin sentido/1

Cuando una viaja sola a algún lugar desconocido no queda otra opción que confiar. Ser cuidadosa y perceptiva pero confiar en el otro, porque sino se la puede pasar muy mal. Había llegado a Ezeiza a las 3 de la mañana y media hora después estaba sentadita en la puerta de embarque de mi vuelo. Por precaución sigo respetando las 3 horas antes de salida, pero la experiencia me dice que en 15 minutos ya hiciste todo lo que debías hacer (al menós en algunos lugares).
Los momentos de mayor tensión en mis viajes suelen ser cuando paso por la cinta detectora de metales, en la que inevitablemente siempre me suena algo. No llevo drogas, ni siquiera un porro, pero siempre tengo la fantasía de que pueden encontrar algo que yo no sabía que había y pasar un muy mal momento.
En este viaje la sirena no sonó y el momento de tensión se trasladó automáticamente a los diez minutos que estuve en la fila de migraciones, deseando que la gente pasara rápido, antes que se declararan en huelga (tal como me habían anunciado en el mostrador de TACA) y perdiera el vuelo.
Afortunadamente me sellaron la salida en el pasaporte y me convertí en una pasajera en tránsito hacia algun lado. Ese periodo es increíble, porque es el momento en que uno no está registrado en ninguna lado. Tecnicamente salió del país pero nadie tiene registro hacia dónde fue.
Intenté comprar un encendedor en el kiosco pero no vendían. La era post bin laden funciona así. De todas maneras me senté en el cuartito de diez por diez para fumadores, auspiciado por Lucky, pedí fuego prestado y me fumé un cigarrillo solo por saber que durante doce horas no volvería a prender otro.
El aeropuerto a esa hora estaba bastante vacío así que luego de ir al baño unas cuantas veces (lo hago tambien porque sé que quizas no pueda hacerlo en el viaje) y mirar si había algun muchacho interesante con quien compartir el vuelo, me tomé la pastillita de los sueños y me dediqué a mirar detalladamente la manera en que arreglaba las golosinas el chico que atendía el kiosco.
Cuando subí al avión, en lugar de tener pasillo como había pedido tenía ventana. De todas formas estaba bien: no me da miedo el avión y me gusta mirar por la ventana y la única razón por la cual habia pedido pasillo era para tener la libertad de ir al baño cuantas veces quisiera sin preocuparme de que las dos personas que tuviera al lado mía estén dormidas o no.
Volví a pensar en lo mal que se viaja en avión y recordé cuando de chica imaginaba que un avión era el summun de la vida.
La acelerada de las turbinas me generan adrenalina y solo suelto la respiración cuando las ruedas dejan de tocar el piso.
Sigo sin entender cómo hacen para subir estos bichos.

domingo, 8 de mayo de 2011

Recalculando

Marilú coincide conmigo en que mi freezer es chico y dos botellas de champagne no entran. Así que mejor nos enfocamos en la siesta, deseando esta vez no volvernos a dormir.

viernes, 6 de mayo de 2011

Propuesta indecente

La distancia, la fiesta, el baile y el alcohol pudieron hacer que siete hombres quizas la creyeran Demi Moore. Entonces le insisten con que los acompañe un rato al casino, aunque Ella les advierta que es yeta; y que cuando entre en esa sala chica (revolucionada por el ingreso masivo y ruidoso del grupo) presencie la manera en que el hombre con el que compartía día y mes de nacimiento apostara a esos números. Un novamás la hizo mirar la ruleta y observar la forma en que se detenía exactamente en el 24, dejándola sorprendida y asustada por el azar. El resto, que jugaba a las cartas, le pedía que vaya a su lado y diga Black Jack. Ella, abrumada por el vicio de los otros y sus pensamientos sobre la violencia de género, lo dice tímidamente deseando que los empleados del casino no la pensaran copera.
Pero las cartas son buenas para la banca y Ella, que no entiende del juego pero sí entiende que está siendo complice del delirio de siete borrachos, les dice agradecerles un montón que se piensen que es Demi Moore pero que mejor se va a dormir y que ellos se hagan cargo de su suerte.
Así que se va a su habitación y cuando enciende las luces respira al ver que sobre la cama no hay ninguna vestido negro esperándola.