sábado, 28 de mayo de 2011

Memorias de un viaje sin sentido/2

El aeropuerto de Lima es bastante grande y moderno pero tiene un olor a pezcado penetrante. Después de recorrer algunos de los negocios que están adentro y lamentar que mi hermana no pudiera conocerlo por su miedo al avión, me senté cerca de las ventanas a esperas las dos horas hasta el embarque. Leí algunas páginas de El vagon de las mujeres y después de un rato me puse a ver por la ventana la forma en que se opera en pista frente a la llegada de un avión. Había diferentes escuadrillas donde se notaba que cada uno tenía una función puntual. El avión estacionada era justamente el que debía abordar. Mientras cargaban nafta (donde me enteré que están en las alas), funcionaba el equipo de catering que ingresa en containers cerrados la comida. Al mismo tiempo 4 técnicos o ingenieros revisaban insistentemente una de las turbinas. El equipo de limpieza estaba preparado para subir y cada integrante que subía al avión era palpado por su supervisor. Eso se repetía en cada grupo: nadie subía al avión sin ser palpado. No sé si serán normas de seguridad internacionales pero es la primera vez que lo veo. Después llegó el camioncito con las valijas (en donde ví que estaba la mía). Cada valija es registrada en una planilla a los pies del avión: leen, anotan, cuentan y vuelven a contar. Una vez terminado eso empiezan a subirlas por una cinta transportadora, una a una. Dentro de la bodega, alguien las va acomdodando.
Seguí celosamente mi valija hasta que ví que ya estaba dentro.

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