viernes, 27 de mayo de 2011

Memorias de un viaje sin sentido/1

Cuando una viaja sola a algún lugar desconocido no queda otra opción que confiar. Ser cuidadosa y perceptiva pero confiar en el otro, porque sino se la puede pasar muy mal. Había llegado a Ezeiza a las 3 de la mañana y media hora después estaba sentadita en la puerta de embarque de mi vuelo. Por precaución sigo respetando las 3 horas antes de salida, pero la experiencia me dice que en 15 minutos ya hiciste todo lo que debías hacer (al menós en algunos lugares).
Los momentos de mayor tensión en mis viajes suelen ser cuando paso por la cinta detectora de metales, en la que inevitablemente siempre me suena algo. No llevo drogas, ni siquiera un porro, pero siempre tengo la fantasía de que pueden encontrar algo que yo no sabía que había y pasar un muy mal momento.
En este viaje la sirena no sonó y el momento de tensión se trasladó automáticamente a los diez minutos que estuve en la fila de migraciones, deseando que la gente pasara rápido, antes que se declararan en huelga (tal como me habían anunciado en el mostrador de TACA) y perdiera el vuelo.
Afortunadamente me sellaron la salida en el pasaporte y me convertí en una pasajera en tránsito hacia algun lado. Ese periodo es increíble, porque es el momento en que uno no está registrado en ninguna lado. Tecnicamente salió del país pero nadie tiene registro hacia dónde fue.
Intenté comprar un encendedor en el kiosco pero no vendían. La era post bin laden funciona así. De todas maneras me senté en el cuartito de diez por diez para fumadores, auspiciado por Lucky, pedí fuego prestado y me fumé un cigarrillo solo por saber que durante doce horas no volvería a prender otro.
El aeropuerto a esa hora estaba bastante vacío así que luego de ir al baño unas cuantas veces (lo hago tambien porque sé que quizas no pueda hacerlo en el viaje) y mirar si había algun muchacho interesante con quien compartir el vuelo, me tomé la pastillita de los sueños y me dediqué a mirar detalladamente la manera en que arreglaba las golosinas el chico que atendía el kiosco.
Cuando subí al avión, en lugar de tener pasillo como había pedido tenía ventana. De todas formas estaba bien: no me da miedo el avión y me gusta mirar por la ventana y la única razón por la cual habia pedido pasillo era para tener la libertad de ir al baño cuantas veces quisiera sin preocuparme de que las dos personas que tuviera al lado mía estén dormidas o no.
Volví a pensar en lo mal que se viaja en avión y recordé cuando de chica imaginaba que un avión era el summun de la vida.
La acelerada de las turbinas me generan adrenalina y solo suelto la respiración cuando las ruedas dejan de tocar el piso.
Sigo sin entender cómo hacen para subir estos bichos.

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