jueves, 11 de agosto de 2011

Panza, pancita, zapan

El martes a la madrugada me desperté abruptamente transpirando, sintiendo que me bajaba la presión. Estaba acostada pero gracias a mi amplia trayectoria en la lipotimia tengo la posibilidad de identificar los sintomas hasta en la vigilia. Cinco segundos después de tomar conciencia de que me estaba bajando la presión, estaba diagnosticando que eran a causa de retorcijones.
No recuerdo otro malestar mayor que me inhabilite de tal manera como un maldito retorcijon de panza. Los putos espasmos se adueñan de mi sistema vagal y me desencadenan inmediatamente una cascada de sintomas que incluyen hasta el deseo de morir si con eso se terminara el dolor.
Transitar esa situación es uno de mis mayores temores de vivir sola, porque entonces se me presentan varias decisiones a tomar la cual cada una debe estar debidamente planificada porque tiene consecuencias. Entonces, ruedo en la cama hasta llegar al cajon en donde tengo la Buscapina Compuesta con dipirona (porque a mi no me agarran con drogas blandas), saco un comprimido, voy agachada hasta el baño, un poco para mantener la contraccion de la zona que aminora el dolor y otro poco para estar más cerca del suelo si nos desmayamos; ingiero el comprimido con agua de la canilla, me siento en el inodoro y mido el piso. Porque el piso del baño es uno de los lugares que me dan cierta tranquilidad: está al lado del inodoro y está al lado de la ducha por si necesito calmar con agua caliente el dolor.
Así que el martes me acosté en el piso del baño, y esperé a que el circulo: espasmo-dolor-sudor frío-baja presión-finalización del espasmo-fin el dolor-recupero de la presión- bienestar, finalizara (despues de una media hora) y pudiera volver a la cama, rapidito antes de que vuelva otro espasmo y quedarme absolutamente inmóvil, esperando que la Buscapina nos rescate de la muerte.

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