jueves, 13 de octubre de 2011

Cuando terminamos

no hay más besos, ni abrazos ni nada. Somos un hombre y una mujer acostados uno al lado del otro que esperan que la respiración vuelva a su ritmo normal.
Cuando terminamos no hay más besos, ni abrazos ni nada, solo su mano que al ratito entrecruza tímidamente con la mía y la aprieta.
Yo, con los ojos cerrados la disfruto y sonrio, porque si hay algo que aprendí es a saber qué se puede esperar de cada relación. Y aunque quizas desearía abrazarlo y besarlo, que me busque la mano es el acto más sincero y honesto que podemos tener; nuestro límite y probablemente mayor lugar de encuentro.

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