Llevo un poco más de diez años estudiando una carrera. Eso me provocó cierta soberbia académica que me hizo pensar que a esta altura no había nada más que pudiera ofrecerme.
Error. Cuando menós te lo imaginas, porque nunca se te ocurrió, pasa algo.
Algo raro y movilizante a la vez, algo que te da una experiencia nueva. Algo que te dice que siempre hay algo más.
Algo así, como lo es, que tu docente te confiese que a pesar de que hayas ido a cursar unas pocas clases, fueron suficientes para llamarle su atención y pensar que el lunar que tenés sobre la boca es hermoso. Además de haber buscado una excusa para escribirte un mail y de no saber por qué lo hace, pero haciéndolo al fín.
Y entonces te recuerda situaciones que para vos fueron intrascendentes pero para él no, como una sonrisa o a la forma en que estabas vestida determinado día.
Es decir, a un cuatrimestre de terminar la carrera, tu docente te dice que le gustas.
Siempre recuerdo a una profesora del secundario que nos decía que lo último que hay que perder en la vida es la capacidad de asombro.
Estoy asombrada.
No solamente porque mi profesor me tiró los perros. Sino, porque hasta entonces, pensaba que le gustaban los hombres.
Parece que no.
(¿o tendré que cuestionarme el modo en que construyo mi identidad?)
No hay comentarios:
Publicar un comentario