miércoles, 2 de junio de 2010

Emilio o Emiliano

son dos nombres que jamás habría pensado para el pollero. Primero porque no recuerdo haber pensado alguna vez sobre su posible nombre y segundo porque ese jovén hombre que he visto durante más de diez años detrás del mostrador jamás me ha inspirado la posibilidad de llamarse de alguna otra manera que no fuera "El pollero".
No recuerdo exactamente cuando me dí cuenta que El pollero condensaba las características físicas que siempre había imaginado respecto al hombre de mi vida, esa imagen que algunas mujeres armamos desde chicas respecto al cómo será nuestro futuro marido y que por supuesto raramente se condice con la realidad.
Confieso que mientras estaba de novia, El pollero era la única persona respecto a la cual yo tenía la certeza que podría serle infiel a mi novio y hasta romper la relación si solamente se me presentaba la oportunidad. En nuestra relación nunca hubo muchas palabras: un pedido mío ("Hola, me das tres kilos de milanesas por favor") seguido de tres sistemáticas inquietudes que él tenía y me hacía saber siempre en el mismo orden: 1-"¿grandes o chicas? 2- ¿me paso o me quedo? (refieriéndose a si se excedía en el peso o no), 3- ¿algo más?"
Esas eran todas las preguntas que parecía tener sobre mí en el momento en que entraba al local en mi papel de cliente.
Sin embargo ocurría algo curioso cuando me tocaba ser una transeúnte que pasaba por la vereda: siempre, pero siempre, que iba caminando mirando las baldosas y levantaba la cabeza al darme cuenta que estaba en la zona de la pollería, por esas cosas enigmáticas, él levantaba también su vista de lo que estuviera haciendo y nos mirábamos, nos mirábamos, hasta que yo salía de cuadro y me iba caminando... yo sin mirar hacia atrás y él, atrapado en su góndola de pollos.
El último año que viví en Lanús, cada día que volvía del trabajo, me desviaba cuatro cuadras de mi camino solamente para repetir esa secuencia, hasta que un día empecé a decirle "Hola". Entonces al ritual diario de miradas se le agregaba un saludo al pasar, apresurado pero muy seguro, al que él respondía algo extrañado.
Durante todo ese tiempo trataba de no ir a comprar a la pollería, al menos cuando estaba él pues nunca me animé a atravesar el umbral y pedirle milanesas en medio del ritual. La mujer clienta no se podía mezclar con la mujer transeúnte. De él solo conocía a la familia (porque trabajaban juntos) y al hermano que trabaja en otro local (y que por esas cosas de la vida un día que fuí a renovar el registro a la municipalidad, él estaba esperando al lado mío).
Con una serie de pautas sobre qué mirar le pedí a mi madre que fuera a comprar al local y me trajera ciertos datos, a saber: si tenía o no anillo, si era o no alto y si tenía cuerpo debajo del mostrador ya que nunca lo había visto delante de él.
Lamento hija mía decirte que tu pollero es casado (tiene anillo); la mujer es esa chica que a veces está trabajando también en el local; no es tan alto como crees y por lo que pude ver es bastante culón, caderon y mujeriego como el padre.
Esa fue la conclusión de la somera investigación que le había encargado a mi madre.
Pero no me amedrentó y seguía repitiendo la secuencia, convencida de que alguna vez, mientras yo terminaba de pasar él me diría algo así como "pará", y saltando del mostrador me pediría un teléfono.
Al poco tiempo me fuí de Lanús, me mudé. Cada tanto voy a comprar milanesas al local pero generalmente nunca está.
El sábado pasado fuí y estaba. Pero también estaba toda la familia (incluída la mujer).
A él no lo había visto hasta que apareció desde el fondo del local, vestido de civil, sin su ambo de pollero. Estaba anotando algo que el padre le iba dictando porque escuché un "anotá Emi".
Ahí me dí cuenta que El pollero tenía un nombre y que nunca había reparado en esa posibilidad.
Ahí me dí cuenta que lejos de lo que me había dicho mi madre, El pollero era tan alto y estaba tan bueno como lo había imaginado.
También me dí cuenta que de cara se parecía mucho al Padre Tocho (historia que alguna vez contaré).
Y me dí cuenta que si alguna vez hubo o no conexión ya no la había más.
Que nunca me pediría el teléfono saltando el mostrador.
Que nunca iríamos a cenar.
Que las milanesas realmente habían aumentado de precio.
Y que nunca hay que romper la fantasía porque hay una única realidad y es que Emi y El pollero no tienen nada que hacer juntos.
A Emi lo ví el sábado.
A El pollero veré si lo vuelvo a ver algún lunes que vaya a la psicóloga y me desvíe solamente para pasar por su vereda.

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