domingo, 19 de septiembre de 2010

Como la vida misma

No puedo creer haber cortado algo de la neurosis. Sabía que tenía que hacer muchas cosas para la facultad, limpiar la casa y otras más, y cuando empezaba a tomarme la abulia que suele darme cuando se me acumulan las cosas y no tengo ganas, de pronto me encontré limpiando la casa, compartiendo un domingo con mi mamá (que me dejó el balcón y otras cosas hermosas) y saliendo a las 6 y media de la tarde en busca de un bar que tuviera wi-fi y pudiera desplegar este aparatito móvil, para empezar al menos a hacer las cosas de la facultad que tenía pendientes. Me fuí a San Telmo, busqué un bar semi vacío (porque inaugurar el tema de la notebook por fuera de la casa es algo que aún no puedo hacer sin verguenza) y me tomé un café con leche con un tostado. El hombre que empieza a interesarme me había dado la idea, al contarme que se compró la notebook para hacer su tesis. Porque es cierto, no es lo mismo hacer algo que no tenemos ganas en el espacio de siempre, que hacerlo al menos en otro espacio que además te brinda la esperanza de socializar. No hablé mucho, pero al menós el mozo (un chiquito que no se dió cuenta que estoy por cumplir los 31 años) se empeñó en hacerme sentir bastante cómoda.
Yo, por mi lado, tampoco me dí cuenta que me había metido en un bar (quizás uno de los pocos de la zona) que estaba cerrando. Así que a la hora y media me ví obligada a levantar mis cosas y emprender regreso. Me fuí a dar una vuelta por Defensa, tomé aire, absorví un poco de la vida que hay por fuera de mi cueva solitaria y volví, un poco más realizada.
Lo revelador, casual o lo que fuere, es que ni bien me senté en el bar recibí en el celular un mensaje (de esos que habitualmente espero y que nunca llegan y que me hacen sentir una hojita abandonada en el medio de la calle). Entonces confirmé una vez más, que es así nomás: las cosas llegan cuando no las esperamos. No hay que esperar, hay que hacer. Porque cuando uno arma algo para uno es cuando los otros aparecen y si no aparecen al menós no nos damos cuenta.
Cuando caminaba por San Telmo me encontré pasando por dos bares en los que había estado y ni sabía cómo se llamaban. Y me ví en el recuerdo (nada lejano eh!) y entonces pensé en que menós mal que las calles no tienen memoria porque de otra manera no podría pasar por ellas sin sonrojarme, aunque esté bueno tener recuerdos (al menós de esos).
Anoche ví Como la vida misma (lloré con el final) y me quedó una frase que decía algo así como que no hay que planear la vida, sino vivirla porque el único plan que no falla es que la vida te sorprenderá.

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