Cuando llegamos estábamos un poco cansados del viaje y también del otro; así que el primer día fue algo raro. Una mezcla de cansancio, miedo (sí, porque cuando venis de una semana en un mundo casi ficticio, la ciudad es impactante) y aturdimiento. Me sentía aturdida por tanta gente de golpe.
Cuando llegamos al hotel teníamos que hacer tiempo para que nos dieran la habitación, así que nos fuimos a almorzar al peor bar que podríamos haber encontrado. Como dice la ley del viajero (o al menos la de mi experiencia) el primer día uno paga el derecho de piso, yendo al lugar más feo y a veces más caro, por no atreverse a buscar más.
Quedaba a media cuadra del hótel. Cuidábamos nuestras cosas temerosos de que nos las sacaran. La gente nos miraba indiferente o mejor dicho nos miraba, pero no nos aceptaba.
Sentía un dejo de rencor sobre nuestra cualidad de turistas. Almorzamos algo feo; en realidad lo mío un poco mejor, gracias a la solidaridad de mi compañero de viaje que me cambió el plato cuando me dí cuenta que lo que había entendido como carne vacuna era porcina.
El Hotel Sevilla es una réplica -imagino- de la costumbre española hecha ladrillos. Quedaba a una cuadra del Museo de la Revolución y en frente de una escuela de danzas.
Constantemente veíamos niñas que iban con sus rodetes de red por la calle. Me avergoncé de mis prejuicios.
Ni bien llegamos a la habitación cada uno se acostó en su cama. El cuarto era de techos altos, oscura y ventanas altas.
El prendió la televisión y empezó a escribir en su celular. Yo simplemente estaba recostada mirando el techo.
Eran recién las dos y media de la tarde. Habíamos llegado a La Havana hacía tres horas y yo ya sentía que todavía nos faltaban 36 eternas más para irnos.
- Salgamos de acá, le dije.
Quería conocer La Havana pero más quería que se pasara el tiempo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario