Asumí que soy xenofóbica en cuanto tuve la primer clase de inglés con Megan, una estadounidense de cepa pura venida de Denver, Colorado hace un año.
Mi primer reacción al no entenderle una goma de lo que decía fue decirle a mi compañero saquenme a esta yankie de acá! La segunda, sentir cierto goce interno al momento en que nos preguntó si teníamos algun contacto en migraciones porque se le vencía la visa. La xenofobia yanki latente en mí se hacía manifiesta de un modo asqueroso... y parecía quedarse para siempre.
Megan es el estereotipo de la yankie promedio: ojos claros, piel muy blanca y cachetes regordetes y colorados. Tiene un humor particular que, entre la diferencia de idiomas y de cultura, muchas veces nos deja a todos mirándola absortos como ella se rie de un chiste que hizo y que ninguno fue capaz de entender. Recibida en Marketing, trabajó en eso hasta el año pasado en que se vino a hacer unas materias de la carrera de linguistica (Letras, nosotros le decimos letras) en la UBA. Resulta ser que la flaca no fue más oportuna para el emprendimiento que venirse a cursar a Filosofía y Letras justo el mes de la toma más histórica de la UBA y desde entonces parecería ser que el mundo la interpelara distinto.
El jueves yo era la única de mis compañeros que podía tomar clases, así que estuve con ella a solas. Ante la imposibilidad de continuar con el programa se dio una charla de culturas, diferencias, percepciones y forma de ver las cosas, muy amena e interesante. También me contó que estaba en medio de una crisis existencial porque si bien tenía ganas de volverse a USA había conocido acá a un Colombiano con el que estaba de novia y del que se había enamorado.
No recuerdo si fue antes o después de la charla en la que ella me contaba que a las villas allá le dicen ghettos, y que yo le conté qué eran los ghettos en la Alemania nazi. Lo concreto es que en un momento me empezó a decir que ella se estaba dando cuenta, ahora que estaba en la Argentina, la imagen que tiene el mundo de EEUU y que no estaba buena, y con los ojos llorosos y la voz entrecortada me decía en su ingles americano que los american people are like this because they don´t know a different way to be, but that they are good people, but they don´t have any opportunities to learn how to be different.
Esta vez no sentí goce ni placer por lo que le estaba pasando y me cortó la respiración, tanto como a ella, su tristeza. Megan maneja la ingenuidad de los niños y atraviesa ese momento de angustia en la adolescencia en que nos damos cuenta que mamá y papá no son perfectos. Me tranquiliza saber que en un tiempo más pasará a la adultez en que se aprende a criticar e igualmente aceptar y querer a los padres, aunque creo que Filosofía y Letras no es la mejor terapia para acompañar ese momento.
Al otro día, mientras cuento esto en la mesa de almuerzo con mi no equipo, mi jefa me dice que con razón que Megan últimamente está triste...está así desde que tiene clases con vos.
Entonces se me ocurren infinidad de cosas para contestarle pero prefiero quedarme callada.
Megan es yankie y yo soy una xenofoba argentina pero a las dos nos une la crisis y tristeza de los no-lugares.
Ahora Megan y yo estámos más cerca. Y mi xenofobia, cada vez más lejos.
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