domingo, 17 de octubre de 2010

El grito que nunca pegué

Después del día de la madre en la casa de mi abuela, me fui para Lanús a encontrarme con un amigo que no veo hace mucho. Vive en Lanús Este, muy cerca de lo que podría llamar mi antiguo barrio o mi antigua vida. Como no había nadie en la casa me fui hasta la casa de su madre, intentando recordar dónde era que lo hacía. Entonces recorrí con el auto las calles de Lanús, de ese Lanus Este que antes sentía absolutamente mío y que ahora me resulta tan dolorosamente extraño y nostálgico. Donde siento que nadie queda, que nada queda de mí, porque hasta los recuerdos que pueda tener por esas calles cuya fisonomía está bastante cambiada no hacen más que reenviarme a los recuerdos más dolorosos de los que no están más, en todos los sentidos posibles. Sola en el auto sentí la necesidad de gritar. Gritar espantada, desgarrada. Ese grito que nunca pude ni puedo dar. En un momento la busqueda de mi amigo se transformó en una necesidad de abrazar a alguien para poder llorar. Pero no lo encontré. Escapandome de ese horror hacia el lado oeste llamé a mi amiga para tratar de pasar ese momento amargo. Tampoco atendió. Geri no está. Mis amigos de antes ya no lo son. Las únicas lágrimas que me permito salieron con un bostezo. Lanús Este se murió y una parte de mí también con ella. Y todavía no puedo enterrarla ni gritarla.

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