domingo, 3 de abril de 2011

De almohadas y otros demonios

Cuando salí está tarde aproveché para dejar en la calle de una vez y para siempre la almohada que me acompañó al menos 15 años de mi vida. Fue un proceso largo que empezó hace un mes o más y que hice en etapas (una de las cuales fue abrirla para asegurarme de no volverla a utilizar). Pero recién hoy tomé la decisión de dejarla al lado del tacho de basura, adentro de una bolsa transparente, a la espera de que alguien quiera adoptarla.
Recién llegué y al doblar en la esquina ví la almohada tirada en la vereda, devastada por la lluvia y la tormenta que atravesó hace unas horas la ciudad. Mojada, inutilizable y sola. Nadie se la había llevado y me culpé por no haber previsto la lluvia y haber elegido sacarla hoy.
Así que sin más ni tan entré el auto llorando por la almohada. Un poco porque realmente quería que se la llevara alguien que la pudiera utilizar y otro poco porque venía de festejar el cumpleaños de una compañera de trabajo que tiene gestos similares a los de Geraldine, y que al mencionar su año de nacimiento recordé que con sus veintisiete años es hasta incluso más chica que mi hermana, quien si viviera hoy tendría veintinueve (conteo que también hice en medio de la mesa mientras intentaba recordar su voz y desesperadamente me daba cuenta de que ya no puedo ni reproducirla en mi cabeza).
Entonces pienso que está bien, muy bien, que esté triste por la almohada que me acompañó gran parte de mi vida y la llore.
Y también pienso que está bien, muy bien, que no haya pasado a modo quincenal mi sesión de terapia semanal (a la que por suerte iré mañana).

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