viernes, 10 de junio de 2011

Aves de paso

Mientras dormía a mi lado pensaba en las veces en que había deseado ese momento. El tomándome de la mano y yo con mi cabeza apoyada en ese pequeño espacio que no es ni hombro ni axila, sobre el que me encanta tanto recostarme. Después de un rato, como siempre, busqué la manera de apoyar la cabeza en la almohada porque si hay algo que tengo claro es que lo tierno no es amigo de lo cómodo, y nadie puede dormir con una cabeza en peso muerto apoyada en el hombro ni con un hombro como almohada. Me dí cuenta que se durmió cuando su respiración se hizo contastante, profunda y ruidosa. Entonces me pregunté si podría dormir toda la vida con un hombre que roncara y comencé a hacer una serie de análisis sobre el porqué algunas parejas eligen mantener cuartos separados y sobre si el estar durmiendo más de diez años con una persona me transformaría en una mujer violenta de esas que despiertan al otro en mitad del sueño.
Uh, me quedé dormido, me dice. ¿Vos dormiste?
Le contesto que no.
Ronqué no? no quería dormirme por eso, me dice algo avergonzado. Yo también ronco.
No le dije nada sobre todo lo que había pensado mientras él roncaba. Después de todo había esperado mucho poder compartir ese momento.

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