la posibilidad de comprar huevos, muchos. Que vengan en muchas cajas. Tantas que me permitan recubrir todas las paredes de mi casa con ellas. Aislarme, no escuchar el afuera y a mi vecina hablando con Angelo. También contemplo la posibilidad de salir al pasillo, golpearle la puerta y pedirle que se apiade de mí, que tengo que estudiar. Que el resto de los días la banco, pero que justo hoy y mañana me la reme. También evaluo la posibilidad de resignar vacaciones y pagarle un pasaje (de ida) a Italia.
Mi humor se trastorna. La facultad, sabemos, saca lo peor de mí, pero si a eso le sumamos que en cualquier momento debería indisponerme (o al menos creemos) y que por eso tengo los ovarios retorcidos y las hormonas a contramano, podría afirmar que en este preciso momento soy una granada sin espoleta y de no ser que tengo que estudiar, me meteria en la cama en posición fetal, como bollito bien chiquito, me taparía con las almohadas y el cubrecamas y me ausentaría del mundo hasta volver a ovular y ya saber si tengo o no que volver a cursar.
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