miércoles, 23 de febrero de 2011

Contemplo

la posibilidad de comprar huevos, muchos. Que vengan en muchas cajas. Tantas que me permitan recubrir todas las paredes de mi casa con ellas. Aislarme, no escuchar el afuera y a mi vecina hablando con Angelo. También contemplo la posibilidad de salir al pasillo, golpearle la puerta y pedirle que se apiade de mí, que tengo que estudiar. Que el resto de los días la banco, pero que justo hoy y mañana me la reme. También evaluo la posibilidad de resignar vacaciones y pagarle un pasaje (de ida) a Italia.
Mi humor se trastorna. La facultad, sabemos, saca lo peor de mí, pero si a eso le sumamos que en cualquier momento debería indisponerme (o al menos creemos) y que por eso tengo los ovarios retorcidos y las hormonas a contramano, podría afirmar que en este preciso momento soy una granada sin espoleta y de no ser que tengo que estudiar, me meteria en la cama en posición fetal, como bollito bien chiquito, me taparía con las almohadas y el cubrecamas y me ausentaría del mundo hasta volver a ovular y ya saber si tengo o no que volver a cursar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario