Sandra me contó que un ratito antes de enterarnos de que había muerto, le había parecido oler su perfume al cruzar la puerta de la oficina. Quería negar lo que presentía, me decía.
Mientras me lo contaba yo intentaba recordar su perfume, pero jamás me había detenido en ese detalle y no tenía ni idea de cómo olía.
El miércoles de la semana anterior a su muerte Sandra me llevó a merendar a Baraka, un bar musulman (o turco) en Palermo del que ella es habitué y con el que había ido a desayunar varias veces con él. Mientras esperábamos la hora del after office, entre cafésconleches y tostadas, nos la pasamos elucubrando sobre su historia oculta y lo que sin embargo él le generaba.
Hoy al salir del trabajo me fuí con los apuntes a Baraka a leer para el final. De pronto me enganché con los textos y solo un aroma me hizo salir de la lectura para levantar la cabeza y dirigir la vista hacia dos hombres que estaban sentados en la mesa de adelante: el perfume de Darío. Alguno de ellos dos usaba el perfume de Darío que no dejaba de entrar en mis narinas.
Sería incapáz de decir qué perfume es o siquiera describirlo, pero evidentemente en algúna parte de mis sentidos Darío sí tenía un perfume que yo reconocía y que ahora estaba ahí. Justo ahí.
Tan llamativamente ahí que decidí que dos horas de lectura ya habían sido suficientes y me fuí, deseando que él se quedara.
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