lunes, 7 de febrero de 2011

En línea

Llego, me pongo los patines, intento pararme agarrada a un banco. Bien, ¿equilibrio? más o menós en orden; ¿frenos? sí: un árbol allá, otro banco allá. Entonces el circuito es: banco- árbol, árbol- caños de elongación, caños de elongación-banco. Allá vamos. Una chiquita pasa y vuelve a toda velocidad de esquina a esquina. A la media hora me sacó los patines. Los guardo en el auto y me pongo a caminar ávida de detectar técnicas en cada rollerblader.
Al otro día me compro las protecciones: grises y buchonas. Faltó el cartel que tenga la P de principiante y la leyenda "Mantenga distancia" . Vuelvo a la zona. Me visto de Robocop, me calzo los patines y cuando empiezo a pararme una manada de rollerbladers me rodea en avalancha. Me quedo atónita, inmóvil, sin respirar deseando que no me derriben. "Vení, sumate", escucho que me gritan. No se freeenar, contesto. "No importa, nosotros te ayudamos".
Y ahí me encontré, así de simple, recorriendo las calles de Puerto Madero sobre cuatro rueditas en línea en cada pie, frenando agarrandome de alguien, y conociendo la solidaridad de los que rollean.
Insistente y aprovechando la curva ascendente de la motivación, el domingo a la mañana volví solita a prácticar las pequeñas técnicas que me habían dado mis desconocidos de los rollers.
Y de a poquito voy dando pasitos, cada vez más largos, cada vez más sostenidos.
Pasos hacia la libertad, aunque mi cuerpo (que sabemos fóbico) se resista con una contractura a dejarse llevar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario