Aunque algunos la prefieran como forma, la muerte ring raje es de la que más cuesta asumir a los que se quedan. ¿Ou rilly? dirías. Yeah, te contestaría. No me hablés de la muerte que le tengo pánico, me dijiste alguna vez fumando en el hall de abajo y mirando el paredon de la Phillips. Todos tenemos fecha de vencimiento, nos dijimos intentando tapar nuestros temores.
Busco causas tratando de justificar lo injusto, y en el fondo solo encuentro las cosas que me enseñaste, el cumpleaños feliz y otras canciones que me cantaste en portugues, la ensalada de rúcula y huevo que te llevé antes de ayer para almorzar mientras me convencías de irme a Nueva York y me contabas de tus planes; y de ayer a la mañana buscando posadas en Brasil. Pero como la muerte es un corte que siempre deja algo inconcluso, también queda un auto estacionado que veré en tu cochera cada mañana al bajar la rampa, una oficina que sigue empeñada en estar vacía, un cd de Adriana Calcannhoto que nunca te grabé, y un beso que por irme a las cinco en punto como obrera (según vos) jamás te fuí a dar.
Por el banco que nunca robaste, no por escrúpulos, sino por torpe, agradezco aunque hoy me duela haberte conocido.
Lloren perras, nos dirías, lloren por mí...pero que no las vea porque la tristeza me angustia.
Donde quieras que estés, aún sin el implante de silicona grande en el medio con dos pezones que querías que me hiciera, chau Darío.
Chau.
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