martes, 18 de enero de 2011

Herencia

Nací de un espermatozoide médico y un óvulo kinesiólogo. Mi vida estuvo rodeada siempre de chaquetas. Las hubo blancas radiantes, blancas amarillentas por el uso, blancas grisáseas por el trajin, verdes y alguna que otra más. Y hoy en un acto altruista, o una repetición del síntoma, me traje una chaqueta que me dieron de muestra en el trabajo para lavarla y probar su calidad. En un acto también inconciente parecería ser que la colgué en el respaldo de la silla esperando que durante la noche se secara pero recién, cuando iba del baño hacia la cocina, me dí cuenta que la chaqueta, así colgada, con los bolsillos con vistas azules, es la chaqueta de mi mamá.
Los últimos años que vivimos juntas recuerdo que cada noche colgaba su chaqueta en las sillas del comedor y la cartera en la mesa, como si fueran las dos únicas cosas que no podía olvidarse. Era casi un rito obligado. Imagino que si alguna vez se acostaba sin hacerlo sería capaz de levantarse hasta poner estos objetos en su lugar y poder volver a dormir.
Entonces cuando ahora miro la chaqueta me acuerdo de mi madre y me genera algo raro; y me digo: ah, la chaqueta de mamá , pensamiento que corrijo en seguida con un ah, no, no es la chaqueta de mamá. Así que vuelvo a pasar del baño a la cocina y me digo lo mismo; y la miro de reojo y pienso lo mismo; y la vuelvo a mirar porque imagino que en algún momento se va a gastar la sensación pero me sigue pasando lo mismo. Algo así como atravesar la angustia del octavo mes pero a los treinta y uno: acá ta mamá; acá no.
Ya es la novena vez que paso por la chaqueta y estoy segura de que cuando escriba el punto final acá me voy a dar vuelta para verla. Porque seamos sinceros: es preferible jugar a la angustia del octavo mes que cargar con la angustia de saber que preparamos la chaqueta y la cartera de la misma forma en que lo hacía mamá, a pesar que después en la terapia nos hagamos las locas.

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