Volvíamos en la ruta callados, escuchando La Metro. Unos kilómetros atrás nos habíamos reído de mis lentes de sol y de la posibilidad de ver la vida en color sepia; pero ahora iba manejando él, muy serio, como si estuviera lejos. La distancia suele resultarme atractiva. Le acaricié la pierna y él apoyó su mano sobre mi mano, me sonrió y siguió mirando la ruta, tierno y distante a la vez.
De los tres días que habíamos pasado juntos ese fue el único momento en que sentí que podía llegar a amarlo.
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