Don Rigoberto era un personaje del Elogio de la madrastra de Vargas Llosa. Resulta que todos los días o una vez por semana (lo leí hace mucho) este buen hombre se dedicaba a hacerse una limpieza profunda de alguna parte de su cuerpo; y el narrador contaba puntillosamente la manera en que, por ejemplo, limpiaba sus orejas.
Cuando salgo de la ducha, lo primero que hago luego de secarme es pasarme la Emulsión Dermaglos por los glúteos y cintura ($55) para evitar las estrías; sigo por la Johonnson corporal ($ 21) que me distribuyo por las piernas, brazos, hombros, pechos y espalda. Después me froto las manos para sacarme el excedente y tomo el pomito de Contractubex ($58,48) y me recubro, haciendo círculos, las cicatrícez de los lunares de la pierna y la espalda que me saqué, para evitar que se hagan queloides donde deberían estar ellos. Me limpio las manos con la toalla y paso al sector cara: en un circulito de algodon ($4,50) pongo un poco de loción de limpieza Lactofilm ($65,74) y me la desparramo por toda la cara. Espero un rato que se seque y me agrego el Dermaseb ($ 30,31), un gel nuevo que me recetó la dermatóloga para un exceso de grasa en forma de mancha roja que tengo en la cara. Termino la sesión de las cremas con un poco de Effaclar H ($93,90) y en teoría, en verano, también debería empezar a agregar Anthelios 50 ($108,40) como pantalla solar antes de maquillarme.
Sin tener en cuenta que todavía a esto le falta ponerme los lentes, el desodorante y desenredarme el pelo, podemos calcular que 15 minutos cada vez que me baño los destino a esta rutina.
También, si se trata de calcular, podemos observar que a grandes rasgos estaría invirtiendo alrededor de $ 437,33 por mes, solamente en tópicos para la piel y la estética. Casi 500 mangos para sostener la ilusión de que a la noche cuando volvamos a repetir el proceso, todo este en el mismo lugar que el día anterior.
Teniendo en cuenta que dentro de la industria farmacéutica, la clase de "protectores y emolientes" y "otros productos dermatológicos" crece a razón de un 40 % anual, entiendo que formo parte de esa cuota del sector de consumidores émulos que necesita tener el mercado para sostenerse. Esa cuota que necesita estar compuesta por hombres o mujeres jóvenes, de entre 30 y 40 años, solteros, sin hijos con tiempo e ingresos que le permiten sostener todos los días una rutina de media hora dedicada a encremarse y una desubicada inversión para no dejar rastros de la edad hasta encontrar a alguien que nos ayude a convertirnos en un consumidor materno-filial. Todo esto con una obra social como cómplice que nos cubre el 60 % de todo y que nos sujeta a un trabajo que no queremos perder por la prepaga; gracias a la cual -además- nos sacaron dos lunares y nos sumaron cuatro cremas.
Así de impune funciona, se autoregula y se reproduce el Sistema.
La soledad no es un clima de época, es un negocio.
Que manga de forros!
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