martes, 7 de diciembre de 2010

Bailar

es una de las cosas que realmente amo en la vida.
Es lo que me hace sentir mujer, sensual, divertida, solidaria, compañera, lúdica, sonriente, alegre, divertida, felíz. También me expande en todo sentido -incluso al mundo de los cuerpos, sin temores ni tapujos ni censura, desinteresadamente. Destapa mi lado actoral; revive las horas de baile frente a la ventana que hacíamos con mis hermanas cuando chicas; logra que pueda expresarme desde lo más profundo y con cada gesto; hace que no piense en nada más que en una conciencia corporal que solo existe por y en el movimiento; es el momento en que mis barreras de defensa desaparecen y donde las endorfinas me generan un pedo kinético, permitiendome poner entre parentesis cualquier difencia.
Bailar me transforma en la persona que quiero ser.
No entiendo porqué siendo el momento en que más plena me siento no hago ninguna actividad relacionada con el baile, le digo a mi psicóloga.
Obvio -me contesta -no sea cosa que la plenitud y la felicidad se te hagan un estado permanente.

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