Sonó el despertador y lo corrí dos veces más. Podía seguir durmiendo, ese día no hacía falta levantarme tan temprano. Al hacerlo enchufé la planchita del pelo y me fuí a bañar. Salí de la ducha, prendí el noticiero y me puse a alisar el pelo. De fondo escuchaba cómo habían allanado los cuarenta lugares sospechados por el asalto al blindado. Me senté a desayunar mirando la tele. Después me vestí, elegí qué cartera combinar y decidí mejor asegurar la faja de la cintura con algunas puntadas. Me maquillé, seleccioné los aros, rocié el perfume, apagué la tele, tomé las llaves y salí. El ascensor vino enseguida y en la cochera me alegré de que mi auto fuera uno de los pocos que quedaban en el edificio. Que bueno, una sola maniobra -me dije-. Manejé, subí al autopista, llegué a la zona y busqué en dónde estacionar. Dejé el auto a un par de cuadras. El día estaba soleado y caluroso, pero el color blanco me hacía sentir fresca. Caminé las cinco cuadras hasta llegar al barco. Desde en frente podía observar como una imágen de película las personas vestidas de blanco circulando por la borda. Llegué a la recepción y dí mi apellido. Me noté ronca. Pensé que había sido la última tos que había expresado unas cuadras antes. Volví a toser esperando que la voz regresara. No volvía. Me puse disfónica pensé. A medida que saludaba a la gente entendía que los sonidos de mi boca no hacían eco.
Estas afónica, me decían. Sí, me puse recién -contestaba-.
Pero era mentira.
La afonía no había sido repentina, me había levantado sin voz. Lo que recién había pasado es que me daba cuenta de que había estado medio día sin cruzar una palabra con nadie.
Solo conmigo. En silencio.
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