jueves, 30 de diciembre de 2010

El champan

La ventaja de no gustarme el champagne es no correr el riesgo de pasar una noche de fin de año subiendo y bajando la botella del freezer.
Claro que en su lugar a veces está el Gancia, y este mediodía me quise hacer la cool y tomar algo que no fuera agua mientras cocinaba para el 31 (bueno, mientras cortaba las papas de la ensalada rusa para hervir). Así que me abrí una botellita que tenía en la heladera desde la época en que creía que vivir sola prometía una vida de descontrol y excesos, la rebajé con agua, le agregué azúcar y el limón lo dejé para otra ocasión (en que lo tuviera).
Habría matado por un cigarrillo. Me arrepiento de haber puesto la salud por delante del placer y creo que el próximo año revocaré la decisión inmediatamente: no estoy preparada para dejar el cigarrillo. Quizás cuando tenga un novio lo haga. Si mi psiquiatra una vez me dijo que prefería esperar a que estuviera en pareja para suspenderme el antidepresivo ¿por qué no puedo usar yo la misma excusa?
Volviendo al tema, la cuestión es que me tomé un Gancia a la una del mediodía (aún sin almorzar) y a las dos estaba echada en mi cama siendo mucho más conciente de que el mundo daba vueltas alrededor del sol. El que me conoce ya sabe (y el que no se enterará ahora) de que tengo tolerancia cero al alcohol: me va directo a la sangre.
Me quedé dormida mientras me preguntaba de qué manera podría bajar a abrir la puerta del edificio si llegara a necesitar hacerlo.
Por suerte no hizo falta. Me desperté con un llamado teléfonico y al cortar decidí que mejor desterraba las botellas del Navarro Correa Extra Brut que me habían regalado.
Ojala conociera de mis límites tanto como de mis debilidades.
(Igual mi freezer es chico)

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