Si venis siguiendo el blog pensaras que esta es una metáfora pero creeme que no.
Hoy fui a cursar mi seminario sobre fútbol. El mismo, entre otras cosas, trata de orientarnos en cómo mierda encarar ese gran monstruo que es una tesina de grado. Sí, tampoco exageremos, es una tesina de la carrera de Comunicación Social, un trabajo práctico un poco más ampliado (la definirían aquellos que gozan de una mirada más incrédula y práctica sobre semejante metié). Como sea, hay algo no se condice con la inexcrutable realidad de que no hay más de 2.700 tesinas, es decir solamente 2.700 graduados, en una de las carreras con más alumnos de la UBA. Con lo cual la idea de gran monstruo es algo que ronda como inconciente colectivo por los erráticos alumnos que la sufren.
El tema es que para este viernes el docente nos sugirió que vayamos todos al Dpto. de la Carrera (del que le habían dejado la llave) a buscar y recolectar datos de las tesinas (las cuales se encuentran atesoradas ahí y no se pueden retirar). Y fuimos.
En diez años nunca había estado tan adentro de la carrera. El lugar es una mezcla de tugurio y mugre y la sala de reuniones se encuentra decorada con tres paredes llenas de tesis desde 1999 hasta la fecha. Estaba en el corazón de Comunicación, lugar donde se tejen los artilugios de los engañosos programas de la carrera y las más delirantes aspiraciones, incordios, contradicciones y demases que la caracterizan.
Mucha tierra, poco ventilado y poco espacio. Ahí estábamos más o menos 20 personas tratando de ahondar en los secretos caminos de lo que resulta ser un imposible: el título. Diez años de cursada para ser inmortalizado en una estantería torpe y desordenada. Esa es la historia.
Reconozco que la idea no me atraía demasiado para ser un viernes a la noche y con un final por estudiar respirándome insistentemente en la nuca. Aún así la pilotié: busqué mis tesis preseleccionadas (bah, las que encontré) las hojié, me dí cuenta que no me servían y después de una hora y media empezaba a sentirme asfixiada por el conocimiento.
Fue más o menós en ese momento que al docente se le ocurre salir un momento del recinto para ir hasta el quiosco. "Chicos, los dejo encerrados un rato". Ocultaría información si nos les dijera que en ese momento mi corazón empezó a palpitar y por la cabeza se me ocurrieron los pensamientos delirantes que se dan en todas las fóbias, del estilo ¿cómo qué nos va dejar encerrados?, ¿y si no vuelve?, ¿y si le pasa algo?. Y fue entonces cuando escuché que mi temor se hacía realidad...chicos, rompí la cerradura, nos quedamos encerrados.
No era un chiste. El docente no se había ido, no le había pasado nada pero ciertamente nos habíamos quedado encerrados. Todos.
Siendo las ocho y treinta de la noche, un viernes 7 de Mayo, en el año 2010 finalmente se estaba materializando mi mayor angustia: la carrera me tenía atrapada.
No importa cómo siguió. Importa que no me desmayé y que no hice papelones. Salí.
Pero el trauma lejos de disolverse se reforzó.
La carrera, no conforme con haberme tomado la vida mental y social durante diez años, ahora también me secuestraba el cuerpo.
Exijo habeas corpus.
Exijo recibirme ya.
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