lunes, 31 de mayo de 2010

Llamada al silencio

Así estuve estos días con mi blog. No me fuí de vacaciones pero no escribí. Sentía que lo único que podía escribir era una catarata de mala onda y mis lectores (no anónimos) me venían haciendo críticas respecto a esto, así que decidí suspenderlo por un tiempo.
El sábado al mediodía no aguanté mi ansiedad y llamé a la casa de iluminación para saber si ya estaba mi tan esperada lámpara. Sí, sí, ya está, me dijeron. Llovía a cántaros pero no me importaba. Las ganas de ver mi arte imaginada, esa lámpara convertida en arte vintage hacían sobreponerme a cualquier tempestad climática.
La casa de iluminación es una casa escondida en la calle La Rioja, en Parque Patricios. La vidriera es algo sucia y desprolija pero dentro de ella hay algunas lámparas modernas y una mesa de madera en donde parecen hacerse los trabajos de artesanía. La atienden un señor mayor (un abuelo, el gran iluminador) y su hijo, un señor de unos 60 años que tiene una mano rígida, de la que apenás puede mover unos dedos. Sí, la imágen no es alentadora, nunca lo fué (por eso tardé tanto tiempo en decidirme a dejarla). Me hacía acordar al zapatero manco de Lanús. Y sí, la vida a veces es contradictoriamente jodida y te da donde más te duele: al zapatero le corta una mano, al cantante lo deja sordo, al escritor ciego y así hay muchos ejemplos más. Por primera vez no iba a prejuzgar así que la dejé confiada de que podían hacer un buen trabajo.
Cuando ingreso al local el señor me reconoce inmediatamente y se para al lado de algo que tenía la base de mi lámpara. Como el pintor que le saca el lienzo a la tela para dejar observar su obra de arte la enchufa para que pueda verla en todo su esplendor.
Esta es la parte donde las películas dicen que debería decir "Uauu"... mientras un halo de luz con estrellitas titilantes la embisten de una mística alucinadora, la lámpara y yo nos hacemos una y empiezo a volar por los aires en un momento de mágico placer. Etérea, radiante, volátil.
Pero no pasó.
Un atentado a la estética y al sentido común del buen gusto me hicieron volver a la realidad. La lámpara de mi sueños solamente conservaba de su idea original su base.
Horrible me parece una palabra vacía para describirla. Monstruosa es mejor.
Mi lámpara de pié se transformó en una lámpara de unos dos metros de altura. Un tutor negro de unos cincuenta centímetros juntan la base con el porta lampara que sostienen una pantalla (que le había comprado yo) que por sus características debería estár a mitad y no en la punta. La obra esta seguida por un porta lámpara de plástico blanco que se ve desde abajo -por supuesto- porque no hay posibilidad de que se vea nada desde arriba.
La tuve que traer cruzada en el auto porque no había manera de entrarla.
Me pensé exagerada hasta que le mandé la foto a mi hermana por mail y me devolvió una carcajada ininterrumpida de tres renglones.
La miro y me pregunto si vale la pena insitir y salir a refaccionarla nuevamente como yo quiero...
Sí. La respuesta es sí. Aunque tarde un año y medio más.

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